martes, 4 de agosto de 2009

Cometer injusticias

"Es peor cometer una injusticia que padecerla porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no", Sócrates

Pasividad cómplice

"La vida es muy peligrosa, no por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa", Albert Einstein

Hacer caso a la conciencia

"No escuches a los amigos cuando el amigo interior dice: ¡Haz esto!", Mahatma Gandhi

El silencio de los "buenos".

"No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos", Martin Luther King

viernes, 8 de mayo de 2009

Bondad con inteligencia.

Un Domingo del año 1.984 quedé con dos amigas y con otros amigos de una pandilla para salir de excursión, y sólo nos presentamos ellas dos, otro amigo que le gustaba a una de ellas, y yo. Cuando ya nos íbamos porque pasaba de la hora y nadie aparecía, a lo lejos vimos venir a uno de la pandilla hacia nosotros; era un tipo grandullón, inocentón, un tipo muy simple, seguro que mucho mejor persona que nosotros cuatro, y entonces ellas dos nos dijeron que nos escondiéramos para que no nos viera, y así poder salir los cuatro juntitos, sin “desarmonías”, o sea, que “le hiciéramos el quite”, que “lo dejáramos tirado”, y en efecto, con todo mi desagrado ante tal hecho, no sintiéndome bien, me dejé llevar y nos fuimos los cuatro, siendo yo un integrante de “la élite”, de “los elegidos”, pero sintiéndome mal ante el hecho de haber dejada tirada a aquella persona. No aguanté mucho tiempo con mi conciencia remordiéndome, y cuando poco más de un mes después hubo una reunión en una casa, creo que era un cumpleaños, y en aquella ocasión no vinieron las dos amigas, llamé a aquél chico que “dejamos tirado”, y a los que estaban alrededor y nos conocían, y en presencia de todos ellos les conté lo sucedido aquél Domingo, y el hecho de no sentirme bien por haberme dejado arrastrar, ante aquella mala idea de otros. Las miradas cortantes y penetrantes a las que me enfrenté no me amilanaron para acabar de contar lo sucedido.
No me da miedo reconocer algo, pero tampoco estoy dispuesto a aceptar que algo es así “para caer bien”, o, “para que el otro no se moleste”, si mi sentir me dice que aquello no es justo, y para ello contaré otro caso vivido por mí, lo que me pasó en cierta ocasión en el colegio siendo yo un niño.
Tenía yo ocho años; la profesora pidió que saliera el que había hecho una trastada en la clase, y que mientras no saliera, no nos iríamos a casa. Teníamos que salir a las cinco de la tarde, y ya eran casi las seis y nadie salía, así que decidí “inmolarme” en beneficio del bien común, y le dije a la profesora que había sido yo, lo cual era mentira, entonces la profesora despidió a toda la clase, excepto a mí, y después de una buena regañina, me tuvo hasta las ocho de la noche escribiendo en la pizarra: “No lo volveré a hacer nunca más”. No, hace ya tiempo que se acabó eso de aceptar ser el chivo expiatorio y reconocer culpas que mi conciencia no me reprocha. Y volviendo al hecho de haber dejado tirado a aquél chico, no me dejé arrastrar por el hecho de querer estar entre la “élite”, “la piña”, “los guapos”, “los correctos”, sino más bien porque no era, y digo “era”, en pasado, lo suficientemente fuerte como para hacer frente, para decirles a las dos amigas que no, cuando yo quería decir que no. Hace ya tiempo que he aprendido a decir “no”, cuando quiero decir “no”, y con eso no quiero decir que sea inflexible, porque si alguna vez algo no me apetece, pero el hacerlo no va a hacer daño a terceros, a veces, para complacer al otro sin daños colaterales, también se decir “sí”. Pero la enseñanza de esto la aprendí, no querer estar en la élite a costa de “pisar los cadáveres de los demás”, y no a costa de “vender mi alma al diablo”, que es una metáfora, no a costa de hacer algo que vaya contra mi sentir, y menos aún, para caer bien a otros o que me alaben.
Y en ese aprendizaje de saber decir no, me sucedió que cuando tenía 19 años empecé a trabajar de auxiliar administrativo en una oficina, y enseguida pensé en afiliarme a la C.N.T. sindicato anarquista, pero mi jefe, el administrador Sr. Barea, una persona mayor con mucha experiencia de la vida, me habló de su larga militancia durante la dictadura en la U.G.T: sindicato socialista, y me convenció de afiliarme a dicho sindicato. Para mí, el Sr. Barea fue un gran "maestro" a quien admiraba por su saber. En una ocasión lo acompañé a un hotel a una reunión con empresarios para tratar unos temas del Convenio Colectivo de Comercio, y percibiendo él mi timidez, mi miedo, y notarme apocado ante aquellos señores tan trajeados, recuerdo como si fuera ahora lo que me dijo: "Miguel, ¿Ves a esos tipos de ahí? No te asustes ante ellos por sus ropas y hablar culto, porque no sólamente es que sean igual que tú, sino que tú eres más que ellos". Aquello fue para mí como el gran padre, el gran psicólogo que me dió el empujón para tirar a la cuneta mi innata timidez.
El presidente de la empresa le dijo al administrador: "Miguel sale siempre corriendo a las 19´30 en punto, y no quiere hacer horas extras", y yo le dije al administrador: "Puedes decirle que también estoy siempre a las 9´00 en punto, ni un minuto más tarde, y si soy puntual para entrar, también lo soy para salir".
Estaba un día en el local del sindicato con un compañero, y vinieron unos tipos y nos dieron un discurso para que nos afiliáramos al P.S.O.E. para luchar también políticamente, a lo cual mi compañero les contestó: "No me interesa; yo soy sindicalista, no político". Yo me sentía igual. Cual no fue mi sorpresa cuando meses después, no llegó a un año, me encuentro a ese mismo compañero en el local diciéndoles a otros compañeros que se afiliaran al partido para dar "la gran batalla desde dentro". Lo ví incongruente, pero tanto me insistieron, que no porque me convencieran, sino por darles en el gusto y que no me vieran intransigente, me afilié al partido.
Duré dentro poco más de un año, ya que cuando ví injusticias, no aguanté y las denuncié públicamente y me salí del partido.
La experiencia me sirvió bien de lección, no para conocer desde dentro la política, pues por algo mi primer impulso era afiliarme al sindicato anarquista, y ya aborrecía la política de partidos donde se cambia para que nada cambie, sino para saber decir no, cuando uno quiere decir no, y no ceder ante el chantaje emocional de amigos, compañeros, para complacerles. Como en otra ocasión un amigo tanto me insistió durante meses para ingerir una droga que al final le dije que bueno, para no oirlo más, y mientras me hacía efecto, me cabreaba conmigo mismo y me decía: "¿Seré tonto? Si yo no necesitaba pasar por esta porquería, ¿Qué estoy haciendo?". También fué una experiencia y lección aprendida, no por la droga que no necesitaba experimentarla, sino por el aprendizaje de saber decir no. Como dice Jesús: "Que tu palabra sea sí, sí, no, no, todo lo que pasa de esto, de mal procede".

martes, 5 de mayo de 2009

miércoles, 25 de marzo de 2009

Antes de 1984





La anterior carta fue enviada por mi padre a la prensa.

Los dibujos fueron publicados en revistas de asociaciones sindicales y vecinales. Las cartas fueron publicadas en los diarios Baleares y Ultima hora. Todo ello antes de conocer a Cayetano Martí Valls, el día 31 de Marzo de 1984.
En la foto cuando tenía esa edad, 23 años, y en la carta enviada a una novia francesa, le hablo ya de Nostradamus, ya me interesaban las profecías.
Más de un mes antes de conocer a Cayetano, escribí una carta denunciando las injusticias que se cometieron con unos compañeros del partido en el cual militaba, ya que no aguanto las injusticias, ya sean hechas a mí, o a otras personas, y como digo en ella, lo malo no está en mi denuncia, sino en los malos actos que la motivaba. Mi carta provocó un revuelo en el partido y siendo congruente, me di de baja de él. Y repito, aún no conocía a Cayetano, y ya escribía cartas y chistes a la prensa contra las injusticias de los ricos, contra la hipocresía de la iglesia católica, contra los militares golpistas, criticaba a los bancos, el exceso de bares, de coches y aparcamientos, el futbolerismo, las lacrimeras campañas antiabortistas, traer hijos al mundo como si fueran conejos sin poderlos alimentar y educar, y las injusticias de "compañeros". Ya siendo adolescente me negaba a hacer horas extras. Veía el ejemplo en mi padre un obrero yesero ahora ya jubilado, que siempre huía de las horas extras y de traer muchos hijos al mundo.